por Gonzalo CruzatMi primer hijo, José Francisco, llegó cuando aún yo era un joven con grandes expectativas familiares y laborales: había mucho por delante y tenía gran entusiasmo por alcanzar mis metas. Felipe llegó unos años después y se hizo espacio con una facilidad asombrosa. Era generoso, simple y de una alegría desbordante. En sus once años, nunca lo vimos triste. Era tremendamente feliz y disfrutaba de la vida como si supiera que sería corta. No tenía grandes habilidades intelectuales, pero era más sabio que yo. Tampoco tenía facilidad para el deporte, pero su corazón iluminaba cada partido de fútbol que jugaba: sabía cómo transformar todo lo que lo rodeaba en amor.
Desde que nació me empecé a cuestionar por primera vez ciertos aspectos de la vida. Yo era un padre preparado para estimular a mis hijos y formarlos como intelectuales capaces de sostenerse económicamente en el futuro, pero me había llegado un hijo que no me pedía nada de eso: Felipe no pensaba en el futuro, a él le bastaba con estar vivo en cada minuto, en cada segundo, viviendo en el presente.
Felipe confiaba ciegamente en mí como papá, era cariñoso, se interesaba por mi trabajo, me acompañaba en esas aventuras que mi mujer, la Ignacia, decía que eran peligrosas y de las que Felipe llegaba demasiado sucio. A veces, al verlo, sentía que no estaba a la altura para ser el papá de un niñito así, hasta que entendí que la única manera de ayudar a un hijo a volar alto era que yo, como papá, volara alto. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo crecer con todos mis miedos?
Un día asumí que soy la mejor persona que puedo ser y que no podía seguir preguntándome racionalmente qué hacer, porque la respuesta no estaba ahí: tenía que preguntarle a mi corazón. Recién entonces logré moverme y comencé a crecer. Vi de dónde Felipe sacaba la energía, el amor, supe por qué no sentía miedo ni soledad, por qué su vida estaba llena de luz.
Felipe se fue de este mundo al encuentro del Señor con una vida maravillosa, digna de ser presentada a los ojos de Dios. No sé bien qué pasó conmigo cuando Felipe murió, pero no sentí dolor y todavía no lo siento. Lo echo de menos y cuando me acuerdo de él me salen lágrimas de amor, no de pena, porque Felipe vive en mí y yo vivo en él. -by marmota-


1 comentario:
fabuloso yo me llamo sara y he encontrado una web que anuncio la abdicacion del rey con años de antelacion
http://www.caesaremnostradamus.com/Lo%20cumplido_archivos/abdicaelreyjuancarlos.htm
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