Fuente: BlogPop, La CuartaSe fue. Ya nada será lo mismo, ya no esperaremos que un trueno parta la cancha en dos, que un choque eléctrico de 200 mil voltios recorra el espinazo del estadio, el silencio primero, la explosión de la hinchada después y al final, sobre de todo, el Matador.
No, no soy Panetta, el apóstol che de envase familiar que despachó las andanzas de Marcelo Salas por River Plate a punta de poemas, sólo quería darme un gustito, mostrar la camiseta salista y, al igual que el ídolo -no hablo de Panetta- tratar de hacer un lujito en mi cancha, con sentimiento. Se fue Panetta también, porque sin Salas en las canchas, ya no tiene sentido su verso enroscado.
Se fue Fontanarrosa, el Negro, hace dos años ya y con él un trozo de la pelota. Se lo llevó un paro cardiorrespiratorio. Tuve la suerte, por no decir, el rajazo de entrevistar hace tiempo al escritor argentino, fanático del fútbol - de Rosario para ser exacto - y de escucharlo hablar de fútbol. Ese día me comentó del mercantilismo en el deporte, de los ídolos y de Marcelo Salas, a quien le dedica unos párrafos en su libro “No te vayas campeón” sobre los mejores equipos y jugadores de toda la historia de Argentina. Ni Panetta ni yo, en mi opinión, reflejamos de forma más exacta quien es -perdón por el tiempo verbal- Marcelo Salas en una cancha:
“Marcelo Salas, de físico no muy estilizado, mirada indina y algo estrábica, se reveló como un goleador formidable, muy duro, guapo, exacto para ir arriba ganándole a tipos más altos que él y hábil para enganchar cortito de zurda o hacerse espacio con el cuerpo. Habituado, por otra parte, como todo goleador serial, a transitar el área -esa zona tan inhóspita para muchos, erizada de peligros, territorio minado- como si fuera el living de su propia casa. Acostumbrado a definir, a Salas se le despejaba la mente en momentos en que casi a todos se les oscurece. Hizo un gol desde media cancha en un partido por la Copa Libertadores corroborando que los goleadores congénitos siempre tienen plena conciencia de donde está el arco, como los musulmanes la Meca. Haya niebla, nieve, lluvia o humareda, estén de espaldas, de perfil, lejos o cerca, parados o revolcándose por el piso, ellos ya han tenido tiempo para una mirada de reojo, un vistazo, un semblanteo, como para fijar en su memoria dónde está el arco”.
Se fue el gol en Wimbley y los “shilenooo, shilenooo” cayendo en cascada por las galuchas del Monumental de River, las avalanchas en el codo sur del Nacional con el “oh Matador, oh Matador” al ritmo de los Cadillacs. Dirán que la última versión que vimos de Salas fue un reflejo pálido del verdadero killer que triunfó en todos lados y que su última temporada en la “U” tuvo más sinsabores que éxitos. Lo trataron de gordo, de lento, algunos dirigentes lo pusieron en la mesa en negociaciones de baja estofa y hasta hubo hinchas, de la hinchada más fanática, que lo apuntaron con el huiro. Se fue antes que lo apagáramos, por suerte.
Ahora vendrán las discusiones de rigor y la inevitable comparación con otro grande como Iván Zamorano, de quien no pondré ningún texto escogido en esta oportunidad, porque nunca me leí “Como caído del cielo” de Carcuro. Debe ser un poema.
Por último y en favor de Salas señalaré una pequeña ventaja que tiene sobre Bam Bam. Marcelo, identificado a fuego con Universidad de Chile, mucho más que Iván con Colo Colo, me parece que despertó un cariño más transversal. Sí, es cierto, los albos nuca perdieron oportunidad de palanquearlo, tal como lo hacen los hinchas de River con Maradona, pero tampoco perdieron la oportunidad de soñar que el Matador en el fondo, escondidamente, era colocolino. Por algo un amigo albo hasta los huesos -que los tiene muy escondidos- me dijo: “Salas cumplió el sueño de despedirse de blanco”.
Se fue el Matador, se fue su magia y una carrera llena gol y triunfo. Ahora recemos para que en algún potrero de Chile, un niño de mirada estrábica, pisando un área enemiga, esperando un centro desde la banda, grite: “¡Pásenmela, pásenmela! tengo la pedna lista...” . -by marmota-

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